Vueltas

La idea de que debería haber llevado paraguas cruzó por mi cabeza como un pensamiento inútil. A esa altura estaba empapada. Tampoco tenía sentido pensar en qué hacía ahí, sola y de noche, completamente perdida, buscando la puerta de su casa. O tal vez sí. Tal vez debería haberlo interpretado como un presagio. Al fin y al cabo, un año y cuatro meses después, tras infinitas peleas y reconciliaciones, terminaría nuevamente en el mismo lugar, sola y de noche, con dos valijas y a punto de escaparme. Pero entonces quería creer que todo estaría bien y por eso iba a buscarlo, pese a que él no estuviera esperándome. Tampoco yo estaba esperando un hijo, si vamos al caso. Pero esas cosas pasan como los robos, cuando uno menos se lo espera.

La calle estaba desierta y los faroles parecían pixelados por el efecto de las gotas. Podía imaginar que él estaba tratando de localizarme para saber por qué le había dejado tantas llamadas perdidas y, de haber tenido batería en el celular, yo también hubiera tratado de comunicarme. Como de costumbre, la mala suerte suele venir toda junta, y eso era, justamente, lo que más me asustaba. Volví a abrir ese pequeño plano que había capturado, de casualidad, en un bar. Probablemente hecho para turistas, con sus grandes letras y miniaturas urbanas, parecía ser a prueba de idiotas, pero no, y en ese momento yo era una completa y rotunda idiota. Así fue que empecé a caminar para el lado contrario. A decir verdad más bien corría, de toldo en toldo, saltando charcos y baldosas flojas. Hasta que me di cuenta y tuve que volver para atrás.

Mi sentido de la desorientación, tanto geográfica como temporal, ya que nunca pude recordar una fecha, me había llevado exactamente al momento en el que me encontraba: buscando la dirección de su casa, tiritando de frío, con un celular muerto en el bolsillo y con algo parecido a un frijol cobrando vida en mi estómago. ¿Qué sentido tenía estar ahí?, me pregunté. ¿Acaso era necesario que la responsabilidad viniera a arruinarlo todo? Y me pareció que no, que no era necesario. Miré el plano arrugado en mi mano y lo tiré al piso. El agua lo arrastró hasta la canaleta, que lo engulló como si fuera un animal hambriento. Quería volver a casa. Ya era tarde, tenía frío y una decisión tomada. Empecé a caminar hacia donde me pareció que me había dejado el colectivo, una calle bastante más transitada que donde estaba. Pero entonces se abrió la puerta de una casa cualquiera, una que jamás hubiera imaginado que podía ser suya, y él salió con una bolsa de basura en la mano. Se quedó unos segundos petrificado pero luego me sonrió y nos dimos un abrazo, un abrazo tan largo que más que un saludo pareció, por un momento, una despedida.